domingo, enero 18, 2009
En mitad de la noche
Despertó en mitad de la noche, asustado por la intensidad de sus propios ronquidos. Eso lo desestabilizó más allá que cualquier otro ruido, porque en el mismo sueño escuchó el aire de sus pulmones convertido en un huracán interno que arrasaba recuerdos hasta dejarlos convertidos en sólo ruido.
domingo, diciembre 28, 2008
La fórmula de la felicidad
Amor a su enésima potencia, dinero en su justa medida, elevado a un coeficiente moderado (que no es cero, pero tampoco infinito), amistad con un coeficiente alto, y un intercepto llamado carga genética, que según los psicólogos y economistas tiende a explicar hasta un cincuenta por ciento del total.
La edad, por supuesto, influye, pero la mental, como casi siempre. Yo, que pasé por la crisis de los cuarenta cuando tenía veinte, me encuentro con la felicidad absurda de la veintena ahora que rozo los cuarenta...
La edad, por supuesto, influye, pero la mental, como casi siempre. Yo, que pasé por la crisis de los cuarenta cuando tenía veinte, me encuentro con la felicidad absurda de la veintena ahora que rozo los cuarenta...
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domingo, noviembre 16, 2008
Sueños de leche
Los hijos de tres días sueñan ante los ojos atónitos de sus padres, que no logran descifrar en sus gestos el material del que están construidos sus sueños. Cuando la vida es tan corta que en ella sólo cabe alimento, excrementos y sueño, sólo parece posible que haya un tipo de ensoñación beatífica, aquella en la que todo es blanco y líquido, comestible y delicioso, y aquella otra pesadilla en la que todo es amarillo y líquido, o nauseabundo y sólido. Lamento no poder recordarlo para contarlo.
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lunes, septiembre 01, 2008
107 temores
Quizás lo único que recuerde de lo que me enseñó aquel profesor de Cálculo Diferencial en la Ecole Speciale des Travaux Public de París, vecina a Saint Severin, sean las primeras palabras con que comenzó su curso. Todo lo que no puede medirse no existe, nos dijo sentado en la mesa frente al auditorio que temblaba cada vez que la línea del R.E.R. le recorría las entrañas, antes de darse la vuelta, empuñar la tiza y comenzar a dibujar números (los matemáticos no los escriben, los dibujan –escribirlos queda para los que al hacerlo no tienen la sensación de estarlos inventando-, como el escritor no escribe palabras, las pintan –las está creando-, o el músico no sabe escribir música sino esculpir el silencio con sonidos que no existían –; yo, mientras tanto, ya había dejado de pensar en descrifrarles el alma a las matemáticas que el nos explicaba, y cobijaba mi entendimiento en cómo medir la materia más íntima de mi vida, el miedo, algo que siempre me acompañaba, que siempre supuse existente pero que nunca había pensado en medir), y mientras él comenzaba a ensortijar unos pensamientos en otros, mientras se le comenzaban a anegar las pizarras de ecuaciones polimórficas de grado cuarto, de teoremas hermosos, esbeltos y sólidos como catedrales góticas, comencé a cuantificarlo, y como siempre he sido más cuantitativo que cualitativo (me parece menos arbitrario), pensé en enumerar todos mis temores (como buenos antagonistas, parecen hermanos gemelos que se odian tanto como se quieren, que se detestan tanto como se necesitan) y con la música del francés de fondo de aquel profesor, tarareando canciones llenas de aproximaciones infinitas y límites divergentes, pensé que el primero de todos mis temores era que los científicos volvieran a obedecer a los políticos que sacrificaban ciudades con el caldo de una invención terrible que devoraba ciudades en segundos; el segundo temor, que los científicos no desobedecieran a los políticos que les prohibían investigar con células de embriones humanos, el tercero que Chiara deje de ver Il grande fratello en la parabólica para quitarme punti neri, esos en los que ella adivina, lo se por la intensidad de su mirada, escondidos todos mis defectos; el cuarto...
-Señor, haga el favor de salir a la pizarra a terminar de resolver la singularidad que le planteo – le dijo de entre el centenar de alumnos al compañero que había a mi siniestra.
Un pánico demasiado terrible a que yo fuera el siguiente en resolver singularidades que no advertía me impidió terminar la lista. Louise Bourgeois hizo ese trabajo por mí, y lo expuso en las buhardillas del Ermitage, donde nos invitaban, por puro placer estético, a probar manjares en forma de vísceras humanas(107).
-Señor, haga el favor de salir a la pizarra a terminar de resolver la singularidad que le planteo – le dijo de entre el centenar de alumnos al compañero que había a mi siniestra.
Un pánico demasiado terrible a que yo fuera el siguiente en resolver singularidades que no advertía me impidió terminar la lista. Louise Bourgeois hizo ese trabajo por mí, y lo expuso en las buhardillas del Ermitage, donde nos invitaban, por puro placer estético, a probar manjares en forma de vísceras humanas(107).
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sábado, mayo 24, 2008
Suicidas potenciales
En la familia siempre hubo cierta delectación por dejarse morir de melancolía. Una larga tradición de suicidios que, de generación en generación, iban saltando de bisnietos a sobrinos, de tíos a padres, un gen que algunos llamaban defectuoso, pero que nosotros, los suicidas potenciales, los amantes de la tristeza en todas sus formas, cuidábamos. Si pudiéramos ya elegir en el mercado de genes con que abastecer a nuestros hijos, todos nosotros les insuflaríamos en vena melancolía pura, 100 % natural. Nuestro lema era: si vamos a morir, dejemos gobernar nuestra vida por la nostalgia.
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sábado, mayo 03, 2008
Marx viste de Zara
El imponente edificio intelectual del marxismo, y sus loable fines, parecía deshacerse al tiempo que caía el muro de Berlín. Fue la imagen del capitalismo que triunfa urbi et orbi, aplastando los anhelos de igualdad del ser humano.
Pero los renglones de dios siempre son torcidos, y por eso dentro del sistema se ha conseguido lo que Marx no pudo: extender la igualdad entre todos los humanos, aunque sin pretenderlo. Porque, cuando Zara copia las marcas de ropa más prestigiosas y las vende a precios que son diez veces inferiores, ¿qué es lo que está haciendo sino extender a toda la población la posibilidad de vestir y calzar como lo hacen los poderosos? Cuando Ikea vende por la décima parte muebles de diseño, ¿no está insuflando de belleza los hogares de ciudadanos medios? Cuando nació Linux, y se extendió, ¿no estaba otorgando a todos el derecho a usar el ordenador sin pagar nada a cambio?
Marx vive entre nosotros, y viste de Zara (sin duda se habrá recortado la barba, o se habrá hecho rasta), amuebla su pequeño apartamento con Ikea y utiliza sólo Linux para escribir en su cuaderno de bitácora.
(Qué Marx me perdone)
Pero los renglones de dios siempre son torcidos, y por eso dentro del sistema se ha conseguido lo que Marx no pudo: extender la igualdad entre todos los humanos, aunque sin pretenderlo. Porque, cuando Zara copia las marcas de ropa más prestigiosas y las vende a precios que son diez veces inferiores, ¿qué es lo que está haciendo sino extender a toda la población la posibilidad de vestir y calzar como lo hacen los poderosos? Cuando Ikea vende por la décima parte muebles de diseño, ¿no está insuflando de belleza los hogares de ciudadanos medios? Cuando nació Linux, y se extendió, ¿no estaba otorgando a todos el derecho a usar el ordenador sin pagar nada a cambio?
Marx vive entre nosotros, y viste de Zara (sin duda se habrá recortado la barba, o se habrá hecho rasta), amuebla su pequeño apartamento con Ikea y utiliza sólo Linux para escribir en su cuaderno de bitácora.
(Qué Marx me perdone)
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jueves, mayo 01, 2008
Monstruos y tiranos
Hace mucho que la palabra monstruo parecía desterrada a los cuentos de terror gótico y a los comics para niños de cuarenta años. Sin embargo, esta mágica palabra acaba de dar el salto a los titulares de los periódicos de medio mundo.
Seguro que los medidores de palabras de la red de redes han advertido el feńomeno: todo el mundo habla de un monstruo real, de alguien que parece haber sobrapasado las fronteras de la maldad. En los libros de historia, sin embargo, parecía proscrita. Hitler era un tirano, incluso perverso, pero no lo llaman monstruo. Quizás haya hecho monstruosidadades, pero era un político con carisma, arrastró multitudes con él, tenía virtudes, incluso pintaba con una técnica envidiable. Quizás no había ideas nuevas en sus cuadros (ni tampoco fuera de ellos), pero se le reconocen méritos. Y aunque mató a muchos, no eran de la familia, y además no era él el que pulsaba el botón que abría el gas, y no eran las suyas motivaciones sexuales. Él no era un monstruo aunque fuera el responsable máximo de la muerte de millones de seres humanos inocentes.
Sin embargo, todos ahora coinciden en que el individuo que encerró durante veinticuatro años a su hija en el sótano de su casa, que procreo con ella a siete hijos, que cometió incesto, que amenazó con gasear a sus familiares más próximos, era un monstruo.
Si contabilizáramos el terror que ha inflingido a sus semejantes, sin duda, no es un ser que merezca más aprecio que el conocimiento que pueda proporcionar a los estudiosos de la psique humana, pero ¿por qué motivo ha desencadenado en tantos la necesidad de calificarlo monstruo, mientras otros con más merecimientos (por dolor y sufrimiento inflingido) son llamados de forma más benigna? (¿es preferible ser un poderoso tirano a un monstruo?, el monstruo camina más allá del lado animal del ser humano, está más allá de la frontera de lo que parecía posible, sus rasgos se nos antojan repulsivos, y su conducta escapa a lo previsible. Todos llevamos un tirano dentro, dicen, y dicen también que los hijos pequeños tiranizan a sus padres con sus requerimientos, pero nadie dice nunca: ese monstruo que llevo dentro. Los hijos pequeños no son vistos como monstruos por sus progenitores, porque para engendrar un monstruo es necesario serlo. Nadie dice nunca: yo querría ser un monstruo. Nadie ama a los monstruos. Nadie).
Seguro que los medidores de palabras de la red de redes han advertido el feńomeno: todo el mundo habla de un monstruo real, de alguien que parece haber sobrapasado las fronteras de la maldad. En los libros de historia, sin embargo, parecía proscrita. Hitler era un tirano, incluso perverso, pero no lo llaman monstruo. Quizás haya hecho monstruosidadades, pero era un político con carisma, arrastró multitudes con él, tenía virtudes, incluso pintaba con una técnica envidiable. Quizás no había ideas nuevas en sus cuadros (ni tampoco fuera de ellos), pero se le reconocen méritos. Y aunque mató a muchos, no eran de la familia, y además no era él el que pulsaba el botón que abría el gas, y no eran las suyas motivaciones sexuales. Él no era un monstruo aunque fuera el responsable máximo de la muerte de millones de seres humanos inocentes.
Sin embargo, todos ahora coinciden en que el individuo que encerró durante veinticuatro años a su hija en el sótano de su casa, que procreo con ella a siete hijos, que cometió incesto, que amenazó con gasear a sus familiares más próximos, era un monstruo.
Si contabilizáramos el terror que ha inflingido a sus semejantes, sin duda, no es un ser que merezca más aprecio que el conocimiento que pueda proporcionar a los estudiosos de la psique humana, pero ¿por qué motivo ha desencadenado en tantos la necesidad de calificarlo monstruo, mientras otros con más merecimientos (por dolor y sufrimiento inflingido) son llamados de forma más benigna? (¿es preferible ser un poderoso tirano a un monstruo?, el monstruo camina más allá del lado animal del ser humano, está más allá de la frontera de lo que parecía posible, sus rasgos se nos antojan repulsivos, y su conducta escapa a lo previsible. Todos llevamos un tirano dentro, dicen, y dicen también que los hijos pequeños tiranizan a sus padres con sus requerimientos, pero nadie dice nunca: ese monstruo que llevo dentro. Los hijos pequeños no son vistos como monstruos por sus progenitores, porque para engendrar un monstruo es necesario serlo. Nadie dice nunca: yo querría ser un monstruo. Nadie ama a los monstruos. Nadie).
Etiquetas: monstruo Amstetten
