domingo, enero 22, 2006

 

Una declaración de principios

Supongamos que ya hubiera muerto, y que hubiera sabido domesticar el tiempo por el que ha fluido mi vida de manera más útil de lo que hasta ahora lo he hecho. Si fuera posible situar, de forma cronológica, todo lo que he pintado, lo que he escrito, lo que he vivido, incluso, por qué no, lo que he pensado, y se pudiera dibujar sobre una gráfica esa evolución interior y todos sus frutos, y alguien pudiera entenderlo, o mejor, si yo, aunque ya estuviera muerto, fuera capaz de comprender el motivo de que la deriva de mi arte hubiera sido la que fue, si comprendiera que el valor de las variables explicativas hizo que la única solución posible en cada momento vital fue el que me obligó a expresarme de tal o cual manera, entonces, digo, podría afirmar que tuvo sentido lo que intenté hacer.
Quiero aclarar algo: cuando hablo de representar gráficamente la evolución de mi arte, no pienso en curvas siempre crecientes, en la búsqueda de la perfección o de la belleza. No es éste el objetivo último que persigo. El objetivo último del arte, tal y como yo lo entiendo, es el primario que te obliga a coger el lápiz o el pincel: la expresión de mi identidad a través de los medios de que dispongo, con mis miserias y mis grandezas, con mis cualidades y mis limitaciones.

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