domingo, abril 16, 2006
Luigi Senesi

Luigi Senesi es un pintor que vivió en Pergine Valsugana, al norte de Italia, con un horizonte aplastado por el peso de la masa gigantesca de los dolomitas. Se podría pensar que era esa falta de referentes lejanos la que le empujó a escribir y pintar como lo hizo, reduciendo la realidad de su tiempo a meras abstracciones geométricas y cromáticas cuando su arte se hizo grande, cuando más próxima se encontraba su muerte, enmascarada en forma de consejo conyugal y miedo razonado. Luigi Senesi debía presentar una exposición lejos, y ella, que no buscaba la viudez, la encontró al decirle: no vayas en coche, coge el tren que es más seguro. Luigi Senesi lo cogió para morir en el medio de transporte más seguro, justo cuando su arte, a sus treinta y siete años, empezaba a elevarse muy por encima de los inmensos acantilados que lo circundaban. Atrás habían quedado sus inicios, con cuadros picassianos, y los albores de sus primeras devociones impresionistas, como la reproducción de ese paisaje que tengo a mis espaldas, pintado con el color ocre de la tierra que lo embadurna todo: el agua del lago, los árboles del fondo, la barca, las casas e incluso el cielo, un ocre tierno y triste con el que dibujó y empezó a mostrar ya la deriva de su arte: una primera descomposición geométrica, todavía incipiente, todavía lejana de los experimentos cromáticos que construyó algo más adelante, ya con algo más de treinta años, durante el último lustro de su vida. Sus abstracciones y sus transiciones parecen ser influencias lejanas de aquellos pintores rusos que a primeros del siglo XX comprobaban que las líneas rectas no estaban prohibidas en el lienzo, o que quizás ya anticipaban la existencia de la nueva realidad que se asomaba en el mundo, esa máquina de pensar que tengo ante mí y que me resisto a llamar por su nombre.
jueves, abril 13, 2006
No hay poetas sino poemas
Con la serenidad de fondo que despierta El Clave bien temperado de J. S. Bach, con el descanso que procura no haberse levantado a las seis de la mañana, y con la tranquilidad de que tampoco mañana tendré que hacerlo, he descubierto la belleza que entraña encontrar a Picasso refutar la pequeña reflexión con que comencé mi cuaderno de bitácora: “También he oído a menudo la palabra evolución. Se me pide con frecuencia que explique cómo se ha desarrollado mi pintura. Para mí no existe en el arte ni el pasado ni el futuro. Si una obra de arte no puede mantenerse en el presente es que carece de significado…”. No suelo leer lo que piensan los pintores, porque creo que es tan poco interesante, a priori, como contemplar los cuadros que pintan los escritores, o la música que componen los cocineros, o degustar los platos que preparan los músicos (y quizás haya algo más que una honrosa excepción: Rossini), pero es tan difícil que alguien consiga expresar una identidad única en una rama del arte, que conseguirlo en dos suele ser, más que milagro, experimento publicitario, o efecto cascada, porque… ¿habría alguien prestado atención a esa absoluta falta de interés por desentrañar cuál es la evolución del arte si no fuera porque la pergueñó un pintor de prestigio y, sobre todo, cotizaciones absolutas? Es inevitable prestar oídos a quien merece sólo ojos, pero quizás nadie debería firmar nunca nada, quizás lo más justo es que todo fuera siempre anónimo, para evitar este tipo de fenónemos: me siento en la obligación de refutar lo que un pintor ha escrito.
No firmar nunca nada, qué belleza, conseguiría también otro efecto colateral: las obras menores de los grandes artistas no tendrían interés para nadie, y los artistas de una sola gran obran no serían minados frente a la fecundidad de otros; no habría artistas, sólo arte, aunque llevado al extremo, el no firmar nunca nada podría derivar en la obligación de no ligar partes en una misma obra, porque ¿quién no cree que, de no haber sido porque Beethoven compuso el fabuloso primer movimiento de su sonata Claro de luna, tantos miles de personas habrían escuchado el mediocre segundo movimiento de esa misma sonata? Pero eso atentaría contra la misma integridad de lo que el artista ha entendido por la unicidad de su obra de arte, lo cual tiene sentido, porque ¿quién tiene más derechos sobre una obra de arte: el que la ha creado o el que la disfruta? Si no quieres compartirla, no la crees… El amor y el arte son ramas del mismo árbol, florecen en las mismas estaciones y buscan, por encima de todo, la mirada del otro, no la propia.
No hay poetas sino poemas, y no hay artistas, sino obras de arte, como no hay genios sino genialidades, ¿qué artista que merezca serlo (al menos una obra con mayúsculas en su currículo) no ha creado mediocridades absolutas, no tuvo un duro periodo de aprendizaje (Mozart, tú eres la excepción)?
(Y ahora que veo el título de mi cuaderno, no acabo de comprender por qué lo he llamado Diario de un artista, sino fuera por concomitancias literarias demasiado evidentes para hacerlas explícitas).
No firmar nunca nada, qué belleza, conseguiría también otro efecto colateral: las obras menores de los grandes artistas no tendrían interés para nadie, y los artistas de una sola gran obran no serían minados frente a la fecundidad de otros; no habría artistas, sólo arte, aunque llevado al extremo, el no firmar nunca nada podría derivar en la obligación de no ligar partes en una misma obra, porque ¿quién no cree que, de no haber sido porque Beethoven compuso el fabuloso primer movimiento de su sonata Claro de luna, tantos miles de personas habrían escuchado el mediocre segundo movimiento de esa misma sonata? Pero eso atentaría contra la misma integridad de lo que el artista ha entendido por la unicidad de su obra de arte, lo cual tiene sentido, porque ¿quién tiene más derechos sobre una obra de arte: el que la ha creado o el que la disfruta? Si no quieres compartirla, no la crees… El amor y el arte son ramas del mismo árbol, florecen en las mismas estaciones y buscan, por encima de todo, la mirada del otro, no la propia.
No hay poetas sino poemas, y no hay artistas, sino obras de arte, como no hay genios sino genialidades, ¿qué artista que merezca serlo (al menos una obra con mayúsculas en su currículo) no ha creado mediocridades absolutas, no tuvo un duro periodo de aprendizaje (Mozart, tú eres la excepción)?
(Y ahora que veo el título de mi cuaderno, no acabo de comprender por qué lo he llamado Diario de un artista, sino fuera por concomitancias literarias demasiado evidentes para hacerlas explícitas).
