A Dios le gustaba hacer las cosas o delgadas o redondas, por eso puso el sistema solar en un solo plano, y a los planetas los hizo danzar con forma de garbanzo; o eso, como dirán los teólogos, o las leyes de la gravitación universal con Newton un paso al frente y Einstein susurrándole en el cogote "Tienes razón, dilo, son verdaderas", pero nadie se atreve ya a negar en que vivimos en un planeta casi esférico que se desplaza a velocidades de vértigo por una bien definida órbita elíptica.
Seres menos racionales que los físicos y los teólogos, los cartógrafos, al cabo de los siglos decidieron representar el mundo en que vivimos en un trozo de papel, en un mapa. Y entonces, arriba va el sur, abajo el norte. Algún convenio había que seguir, y arriba el norte y abajo el sur es tan bueno como cualquier otro, pero algunas veces me da por pensar porqué se siguió ése y no con el mundo cuarenta y cinco, treinta y tres, noventa o ciento ochenta grados a su izquierda... ¿por qué Africa tiene que estar abajo? ¿Por qué Europa y los EE.UU. arriba?
Quizás el primero que dibujo el plano vivía en el hemisferio norte, y debió darle vértigo poner el mapa boca abajo. Imaginarse con los pies en el cielo y con la cabeza en el suelo debía resultarle demasiado complicado, y como bastante tenía con convencer a sus semejantes de que vivían en una gigantesca bola de tierra y metal que cruzaba incesante el universo, ¿por qué situar la tierra en el cielo? Así que dicho y hecho, Europa, EE.UU., China y Japón van arriba, el resto que se jodan.
Y ahora, todos los días, a las orillas de ése mundo, se asoman desesperados y famélicos africanos, o mejicanos, poco importa, buscando una vida mejor... vienen del sur, de donde el hambre y la miseria, de ABAJO. Buscan un jornal, poder comer, quizás, más adelante, mandar algo de dinero a la mujer, a los hijos que dejan atrás, y han puesto rumbo en sus pateras y en sus camiones al norte, adonde vive la riqueza, ARRIBA del mapa... y a nosotros, a algunos, nos da lástima, pero nos sentimos seguros, al fin y al cabo no tenemos hambre, y no hay motivo de pánico, vivimos con los pies en el suelo...
Pero no, tenía razón el poeta, siempre tienen razón, ¡qué bonito sería un mundo al revés!, así que hoy he decidido poner el mapamundi que gobierna mi dormitorio boca abajo, y aunque me dio vértigo ver que Australia y Sudáfrica están tan arriba, me he sentido absurdo pero feliz (la felicidad quizás siempre sea absurda, absurda y transitoria), porque he pensado que acabo de comenzar una revolución silenciosa y razonable, porque en el universo no hay nada que esté arriba y nada que esté abajo, cualquiera que haya viajado en nave espacial entre Oregón y Gamínedes, o haya jugado a lo mismo con la consola, lo sabe. Cuando te alejas de un planeta, te quedaste sin referencias, y he pensado que esta revolución, de tan poco peligrosa tiene visos de triunfar, que si la extiendo, si consigo que mis amigos me sigan, si algún periódico me quiere publicar este artículo y alguien lo lee y se anima, si pronto se convierte en moda, quizás en la conciencia y en el bolsillo de muchos se nos abra un agujero, cuando veamos que no hay ningún orden natural en la distribución de la riqueza, que nosotros podíamos haber estado allí, que hace poco éramos ellos.
Cuando los veamos llegar desde arriba, cuando nos sintamos boca abajo, todo será mucho más lógico: no vienen a invadirnos, nos diremos, los empuja la ley del hambre universal, casi tan fuerte como la de la gravitación. Dios disfrazado de Newton, o al revés, nos puso en un planeta redondo, pero no nos dijo donde estaba la parte de arriba y donde la de abajo; no podía, en las esferas, no hace falta ser matemático para saberlo, no existen.
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