domingo, diciembre 16, 2007

 

Una esfera en Évora

El halo del sol del Alentejo tras una esfera centenaria evorense me recuerda el frío tacto del marmol cuando la toqué buscando el mejor ángulo, y el juego al que me dediqué entonces: buscar el pensamiento que guió las manos del que, hace siglos, la esculpió. Y probablemente ha sido mi estado de ánimo el culpable, pero no he sentido en la búsqueda de los pensamientos del creador de esta esfera amor sino desidia...

Quizás pagaron mal al escultor, o le impusieron plazos de entrega imposibles, o le forzaron a convertir de la piedra en una figura esférica que él detestaba, en lugar del cubo que él amaba, o un rombo imposible...

Quizás no supiera y por eso odiara, el latín que se adivina en su ecuador... el hubiera preferido escribir el nombre de su amada, o de su hijo recién fallecido...

O quizás el agua que ha corrido por sus entrañas desde hace siglos ha vaciado los pensamientos originales, y sólo queda agua que fluye, y sol, y el frío inmutable, mezclado con el óxido de los tubos.

O, lo que es más probable, quizás mi estado de ánimo no sea el más apropiado para intentar averiguar, siglos después, qué estaba pensando quien hizo nacer esta esfera de marmol...

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sábado, diciembre 15, 2007

 

El cloqueo de los manuscritos evorenses


Mi abuela tenía un pequeño gallinero en casa, tan pequeño que parecía un armario, con paredes y baldas de cal blanca, donde tras una reijlla sexagonal las gallinas cloqueaban felices y contentas.

Ya no queda ninguna de aquellas gallinas (todas acabaron en la pepitoria tan rica que hacía la abuela), ni siquiera queda el gallinero (la abuela regaló el espacio a su sobrina para que se hiciera una casa con dos dormitorios, pero luego la casa creció y tuvo tres dormitorios, y luego cuatro, y siguió creciendo, cada vez más dormitorios, cada vez más pequeños.... tanto que acabó, de nuevo convertida en gallinero, con personas en lugar de gallinas.

Pero de eso fue hace mucho tiempo, y muy lejos de donde estoy ahora, tanto que ya no queda tampoco la abuela que alimentaba a las gallinas, y yo ya no soy aquel niño de apenas cinco años que metía los dedos entre la rejilla, para ver cómo las gallinas se acercaban a picarme, y yo, rápido, retiraba el dedo.

Sin embargo, más de tres décadas después, en la biblioteca de Évora, sin ningún turista cerca (a pesar de estar frente al Templo de Diana, nadie la visita), encontré la reja de la abuela, y en lugar de gallinas, cloqueban viejos manuscritos, e incunables valiosos y bellos, tanto que, para que no escapen, los han encerrado, pero, ay, los dejan respirar el aire sexagonal que les llega.

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domingo, diciembre 09, 2007

 

La tímida Estremoz


Algunas ciudades parecen malditas por asuntos triviales que nadie conoce, por una suerte esquiva, o por pecados que ya nadie recuerda de tan nimios. Sus encantos, en esas ocasiones, resultan tímidos, y su baja autoestima se refleja en un belleza serena, como la de esta iglesia en Estremoz, vecina a la famosa pousada.

Probé a cerrar los ojos, y aunque una pareja con un hijo joven entró, y aunque el niño no dejaba de gritar, ese rayo de luz que atraviesa el vidrio hizo el resto...

Cuando salí, a apenas veinte metros de este lugar, una vieja tendía la ropa en la calle, y un canario dormitaba en una jaula de plástico colgada de la pared. Ningún turista lo soportaría.

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domingo, diciembre 02, 2007

 

El dial de mi vida

El sonido del agua cayendo del grifo de la bañera sobre una esponja, para no hacer ruido porque es domingo y siete de la mañana, porque el insomnio no me deja dormir, porque el baño está junto al dormitorio donde Anna duerme...

El sonido del agua cayendo del grifo de la bañera sobre una esponja, para no despertarla, sonaba como el dial radiofónico buscando, sin encontrar, emisoras que no existen. Por eso ha sido que he pensado: ¿no estará encerrado en ese sonido la metáfora de mi existencia? Porque, hasta ahora, y ya son casi cuarenta años, siempre he estado buscando sin encontrar...

Por eso he concluido que, si mi vida fuera sonido, sería el del agua del grifo de la bañera cayendo sobre una esponja, para no hacer ruido porque es domingo y siete de la mañana.

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sábado, diciembre 01, 2007

 

El olor de sus ojos

Nunca volví a conocer a nadie a quien le olieran mal los ojos, y eso que no tenía por costumbre detenerme en los cenagales que habitaban sus cuencas; por eso cerraba los míos cada vez que hablaba con él, pero los recuerdo, sin haber nadado nunca en ellos, verdes, profundos y fétidos.

Tenía la maldita virtud de no mentir nunca, y acabé confesándole lo que me ocurría, que no quería que pensara que lo rehuía, que deseaba mantener el contacto con él, que lo apreciaba incluso (no rehuí el incluso, aunque es verdad que apenas lo sentía cuando lo dije, pero fue un presentimiento que acabó ocurriendo) pero no podía seguir viéndolo. Sentía demasiada repugnancia por aquellos ojos que me asqueaban cada vez que presentía que estaba en su campo de visión; una repugnancia que no se atemperó cuando, la tarde que se lo confesé, me sorprendí abriendo mis ojos y viendo cómo una lágrima imposible de transparente se derramaba desde sus párpados.

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